Escrito por Redacción 4DIARIO
abril 22, 2026
Por Pbro. Dr. José Juan García
Las guerras siempre tienen costos incalculables. Lo primero son las vidas humanas troncadas. Luego puentes, aeropuertos, fábricas y ciudades destruidas. Pero existe otro costo del que se habla menos, y es el planeta quien lo paga. Cuando se destruyen los ecosistemas y la crisis climática altera las condiciones de vida en ciertos lugares, siempre son las personas quienes pagan el precio. Generalmente, aquellas con menos recursos. Varios estudios intentan cuantificar el impacto de las guerras en el clima. Veamos la actual guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán. Según un análisis del independiente Instituto de Clima y Comunidad (EE. UU), en dos semanas -del 28 de febrero al 14 de marzo-, los ataques provocaron la emisión de casi 5 millones de toneladas de dióxido de carbono. Mucho. Los expertos que han comentado los datos hablan de una » tasa alarmante de emisiones » y de la «insostenibilidad climática de la guerra». La mayor parte de las emisiones fueron causadas por dos factores: los ataques a edificios e infraestructuras y la destrucción directa de depósitos de petróleo y combustible.
Las cifras aumentan drásticamente cuando las guerras se prolongan durante años. Por ejemplo, se estima que la guerra en Ucrania ha provocado la emisión de 311 millones de toneladas de gases de efecto invernadero en cuatro años. En este caso, la mayor parte de estas emisiones se deben directamente a la producción y el uso de armas de guerra: tanques, municiones, vehículos, la red logística, el suministro de artillería y los incendios. La situación en Gaza es diferente: estudios de las Naciones Unidas, hablan del colapso de los sistemas de agua y saneamiento, y de una grave contaminación del agua, el suelo y las costas, con consecuencias dramáticas para la salud de la población. El 97% de los cultivos de árboles han sido destruidos.
Los informes de las Naciones Unidas también revelan que la destrucción intencional de entornos naturales puede convertirse en una estrategia de guerra deliberada: en algunas zonas, las tropas militares talan árboles y bosques para negar al enemigo escondites o para hacer inhabitables ciertas áreas y así obligar a la población a desplazarse. Informes 2025 de la ONU hablan que, «durante los conflictos armados, se utilizan grandes cantidades de municiones que contienen materiales pesados, uranio empobrecido y compuestos químicos tóxicos incluso en cantidades mínimas, con consecuencias devastadoras para la salud humana y el medio ambiente ».
Pero, ¿es posible calcular el impacto total de las guerras en nuestro planeta, en términos de agravamiento de la crisis climática? La respuesta es compleja. Uno de los estudios más profundos sobre el tema es el del Observatorio de Conflictos y Medio Ambiente (CEOBS), que se centra en las emisiones de gases de efecto invernadero causadas por todo el sector militar mundial, tanto en tiempos de paz como de guerra: las emisiones anuales ascenderían al 5,5 % de las emisiones globales. Es decir, si los sectores militares conformaran un Estado, serían el cuarto mayor contaminador del mundo, después de China, EE. UU. e India.
En lo que respecta al costo climático de las guerras, el principal problema es la falta de datos. El CEOOBS explica que, en el pasado, las instituciones internacionales habían considerado la obligatoriedad de informar sobre las emisiones de los sectores militares. El Acuerdo de París, en cambio, estableció que compartir esta información es voluntario. Ojalá la falta de datos sea suplida un día cercano, por más información, para estudiar el fenómeno en profundidad.
Como decía Francisco, las guerras dejan las cosas al final, peor de lo que las encontraron al inicio. El Ambiente no es excepción.







